...Porque naciste para triunfar

POSIBILIDADES INFINITAS DE LA VIDA

EL INICIO DE LA AVENTURA

Posibilidades Infinitas de la Vida te invitará a recordar aquellos días maravillosos de adolescencia cuando con tu amigo(a) favorito(a) recorriste tu sendero por la vida.  Encontrarás en Posibilidades Infinitas de la Vida un maravilloso recuento de historias y enseñanzas de motivación personal.  Descubrirás la belleza de las posibilidades infinitas de tu propia vida.

"Cuando llegaron al río, Juan y Walter quitaron las alforjas de los caballos, aflojaron las cinchas de las albardas de cada uno de los caballos y los dejaron tomar agua. Después que éstos no quisieran tomar más agua, los llevaron a la orilla, cerca de donde habían dejado las alforjas y los amarraron a una gran rama de un robusto árbol de balsa.


El agua fría del río no fue barrera alguna para que Walter y Juan disfrutaran de unos chapuzones. Juan flotaba plácidamente boca arriba admirando el paisaje que las copas de los árboles dibujaba contra el firmamento. De vez en cuando una que otra hoja se desprendía de las ramas y juguetonamente bailaba en su viaje hacia el agua del río. Los pajarillos volaban de rama en rama y las mariposas y libélulas volaban libre y plácidamente".

A continuación encontrarás una parte de uno de los capítulos del libro.

"Dogmas

Si lo crees lo logras

Si no lo crees no lo logras

En ambos casos tienes la razón



La madrugada, iluminada por los luceros del firmamento, era acariciada por la suave brisa de las montañas. La temperatura fría, era suficiente para parar los pelos de los brazos, pero nada más. Un suéter liviano era suficiente para mantener la temperatura confortable del cuerpo.

Afuera, don Miguel sostenía los caballos que doña Zeneida le prestara a los muchachos para visitar a doña Pasión.

Doña Pasión ya le había llenado las alforjas a los muchachos y sostenía su blanco delantal entre sus manos trabajadoras.

- Hasta luego mis muchachitos, dijo cariñosamente doña Pasión.

- Walter y yo estamos eternamente agradecidos con usted doña Pasión. Jamás olvidaremos nuestra visita a este hermoso lugar.

- Saben que siempre tienen las puertas abiertas. Ojalá que nos visiten nuevamente.

- Doña Pasión, no tiene idea de lo agradecidos que nos vamos. Gracias por todas sus atenciones y sus enseñanzas.

- Mis muchachitos, nos sentimos igualmente agradecidos por su visita. Denle a doña Zeneida los cariñitos que le envío y por favor dénmele mi más sincero saludo y un abrazote y un besote en su mejilla.

- Doña Pasión, déjeme darle un abrazo y un beso a usted también.

- Pero por supuesto Juan, venga mi muchachito.

Y así, un abrazo sincero fue intercambiado entre doña Pasión y los muchachos.

- Cuídenseme mucho muchachitos, cuídenseme mucho.

Los muchachos dieron media vuelta y se dirigieron hasta donde don Miguel estaba.

- Don Miguel, gracias por todo lo que usted compartió con nosotros.

- Oh, con mucho gusto, y gracias a ustedes también.

Un fuerte abrazo fue entregado mutuamente entre Juan y don Miguel, y por alguna razón, el abrazo fue más largo y apretado entre Walter y don Miguel.

- Hasta luego Walter, vayas donde vayas te llevaré en mi corazón.

- Gracias don Miguel, yo también.

Los muchachos subieron a los caballos y tomaron el camino hacia el ranchito de doña Zeneida.

Tenían una hora y media de cabalgar cuando se dieron cuenta que habían tomado un camino equivocado. Intentaron regresarse pero la oscuridad de la mañana no les permitió encontrar el camino adecuado.

- ¿Qué hacemos?, preguntó Juan.

- Vamos por aquí, yo creo que es por aquí, dijo Walter.

- ¿Por qué mejor no nos esperamos a que amanezca y así podemos ver mejor el camino?, sugirió Juan.

El amanecer se confundía entre sombras de piedras, plantas y troncos en el camino.

- No, no, vamos, yo me acuerdo que es por aquí.

- Walter, no puede ser por aquí, no te puedes acordar, si por aquí pasamos y usted estaba semi-inconsciente. Además, no creo que se acuerde cuando usted venía por estos linderos cuando estaba chiquitito.

- Walter, por aquí suceden cosas extrañas. Mejor esperemos a que amanezca totalmente.

- Está bien, está bien, dijo Walter no muy convencido.

Bajaron de los caballos y los mantuvieron junto a ellos, cerca, muy cerca de ellos.

- ¿Tienes miedo?, preguntó Walter.

- ¿Miedo?, ¿yo?, no, ¿por qué iba a tener miedo?, si estoy con mi mejor amigo que conoce este lugar como la palma de su mano, dijo Juan sinceramente.

- Está bien, entonces descansemos aquí en este claro, ya casi va a amanecer.

Ambos se sentaron sobre el pasto mientras los caballos aprovechaban para arrancar unas hojitas de zacate de aquí y otras de allá.

- Walter, ¿no crees que los caballos conozcan el camino de regreso?

- Pueda ser, pero por el momento están más interesados en comer, dijo Walter sonrientemente.

Juan se volvió a recostar en el zacate y se quedó dormido. Walter, un poco preocupado no se pudo dormir.

Cuando ya por fin amaneció, Walter despertó a Juan.

- Vamos Juan, subamos a los caballos, ya sé por donde irnos.

Y así, subieron a los caballos y tomaron un camino que aunque no era familiar para Juan, Walter recordaba de sus días de infancia.

- Walter, yo estoy seguro que por aquí no pasamos cuando íbamos a casa de doña Pasión.

- Tienes razón, es que cuando fuimos a su casa nos fuimos por aquel otro camino, dijo Walter mientras señalaba con su índice pecoso hacia el bajo de la montaña.

- Pero no se preocupe, este camino se junta con aquel allá en el bajo del río.

- Ah, ya veo, donde sufrimos el accidente.

- Ajá, dijo Walter.

- ¿Qué vamos a hacer ahora?

- No sé, pero imagino que doña Zeneida nos invitará a almorzar y después si queremos nos regresamos a casa de mi tía para después regresar a nuestra casa.

- Bueno, entonces vamos a tomar cada momento tal y como venga. ¿Qué tal y doña Zeneida no nos invite a almorzar?, o que no esté.

- No nos preocupemos de nada de eso. Doña Zeneida si nos invitará a almorzar y probablemente hasta nos invite a quedarnos con ella, además, ella casi nunca sale, siempre está en su ranchito.

- ¿Cómo es posible que nunca salga?

- Recordemos que cada quien es feliz a su manera. Ella es muy feliz allí donde está y eso es lo que verdaderamente importa.

- Si, tienes razón, dijo Juan mientras acariciaba la crin del caballo en el que iba.

- Walter, creo que ahora si nos podemos bañar en el río.

- Está bien.

Cuando llegaron al río, Juan y Walter quitaron las alforjas de los caballos, aflojaron las cinchas de las albardas de cada uno de los caballos y los dejaron tomar agua. Después que éstos no quisieran tomar más agua, los llevaron a la orilla, cerca de donde habían dejado las alforjas y los amarraron a una gran rama de un robusto árbol de balsa.

El agua fría del río no fue barrera alguna para que Walter y Juan disfrutaran de unos chapuzones. Juan flotaba plácidamente boca arriba admirando el paisaje que las copas de los árboles dibujaba contra el firmamento. De vez en cuando una que otra hoja se desprendía de las ramas y juguetonamente bailaba en su viaje hacia el agua del río. Los pajarillos volaban de rama en rama y las mariposas y libélulas volaban libre y plácidamente.

- ¡Qué bonita es la vida!, comentó Juan.

- Sí, verdad, contestó Walter.

- Walter, gracias por ser mi amigo. Junto a usted he pasado muchos momentos muy bonitos. Creo que nadie puede tener mejor amigo que usted.

- Juan, yo también puedo decir lo mismo de usted. Lástima que no nos conociéramos más antes, pero nunca es tarde. Ojalá siempre sigamos siendo amigos.

- Walter, para mí usted ha pasado de ser amigo a hermano.

El relincho de los caballos interrumpió la conversación.

- Creo que alguien se acerca, dijo Walter.

- ¿Cómo sabes?

- Porque los caballos relincharon y eso quiere decir que oyeron algo o que vieron algo que los asustó.

- Vamos a ver, dijo Juan volviéndose y nadando hasta la orilla.

Ambos salieron del río y se acercaron a los caballos. El sol iluminaba irradiante y la brisa apenas soplaba suavemente en las copas de los árboles.

- Buenos días muchachos.

- Buenos días, respondió Walter.

- Buenos días señor, dijo Juan.

- Veo que nos volvemos a encontrar, dijo Walter

El hombre solo hizo un gesto, se tocó el ala del sombrero, pero no dijo nada.

- ¿Ya lo conocías?, preguntó Juan.

- Sí, fue el señor que vi cuando íbamos para la casa de doña Pasión

Juan se quedó pensando por unos instantes, volvió a ver detenidamente al señor, volvió a ver a Walter quien miraba fijamente al hombre, y finalmente dijo:

- Walter, nosotros nunca vimos a nadie cuando íbamos a donde doña Pasión.

- Claro que sí, ¿no te acuerdas?..."

Encontrarás maravillosos y extraordinarios momentos de aventura y misterios que te ayudarán a entender las posibilidades infinitas de tu vida.

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